Desde un punto de vista religioso, es un acto que pone a Dios por testigo de la verdad de un hecho o de la sinceridad de una promesa, queriendo que él castigue la impostura o la falta de Fe. El profeta Jeremías corrobora esta afirmación cuando dice “Jurad en toda verdad, en toda razón y en toda justicia” y Santo Tomás manifestando que el que hace un juramento ilícito, peca jurando y peca sobre todo si lo observa.
En Egipto, el hombre diviniza sus pasiones y sus vicios, el juramento siguió la suerte de la religión y los egipcios no sólo juraban por sus dioses Isis y Osiris con forma humana, por el buey Apis y el cocodrilo, sino también por el ajo y otras yerbas y legumbres, fáciles deidades, que sembraban y cogían en sus jardines. Los persas en sus juramentos ponían de testigo al sol como astro vivificador, los escitas juraban por el aire los griegos y los romanos juraban por todos sus dioses tanto los suyos como los importados de sus conquistas y recurrían a los semidioses y juraban por Cástor y Pólux, Hércules, etc.
Con el advenimiento del cristianismo la Cruz siginifica símbolo divino entre el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento y ya el juramento fue considerado en su genuino punto de vista y el juramento tiene tanta fuerza como todo lo que reconoce su origen y base en la misma fuente de toda verdad y de toda justicia.







